El Nombre de los Bebés

El capítulo de los nombres de las personas contiene comentarios y reflexiones. En el siglo XIX, algunas familias de la burguesía española acostumbraban llamar a los pequeños con numerosos nombres. Así, el poeta Rafael de León, autor de Penas y alegrías del amor, se llamaba Rafael, María, José, Jerónimo, Doroteo, Alberto, Melchor, de León y Arias de Saavedra. Esa colección de nombres sólo sirvió para complicar al pobre empleado del Registro Civil, porque felizmente, el poeta sevillano fue conocido simplemente como Rafael de León.

Wikipedia narra que según consta en su acta de bautismo, estos son los nombres del famoso artista pictórico Picasso: Pablo, Diego, José, Francisco de Paula, Juan, Nepomuceno, María de los Remedios Crispiniano de la Santísima Trinidad, Ruiz y Picasso. De esta insólita lista en la que hasta figura un nombre femenino, el mundo dice sencillamente Picasso, para hacer alusión al pintor malagueño autor del “cubismo”. El general Belgrano se llamaba Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús; aunque la historia y los argentinos sólo decimos y escribimos Manuel antes de su apellido Belgrano, para hacer referencia a nuestro insigne patriota.

Antiguamente los padres muy católicos, le ponían al hijo el nombre del santo correspondiente a la gloriosa jornada del nacimiento del bebé; y si el nombre no era lindo, mala suerte para la criatura por habérsele ocurrido ver la luz exterior el día de ese santo. Otra costumbre, que va declinando, era la de elegir el mismo nombre que el del padre, con lo que después había que aclarar que se trataba del vástago, tal como sucedió entre otros con el folclorista Edmundo Zaldívar (hijo), con el cantor Agustín Magaldi (hijo), y con Hugo del Carril (hijo); aunque en este caso se trata de seudónimos; un artilugio de actores y cantantes para “esquivar” nombres poco artísticos.

Por otra parte, eso de elegir el nombre de los abuelos, ocasiona no pocas veces ciertos resentimientos…

Cuando un niño está por nacer, nace también un festival de nombres sugeridos por tíos, hermanos, abuelos, cuñados y hasta amigos de los futuros progenitores. Por el contrario, hay novios que antes de casarse, ya tienen decidido el nombre que le pondrán a su beba o a su bebé, y no habrá quien les haga cambiar esa decisión. De manera que un bebé, antes que el inescrutable destino lo constituya en un mágico embrión, ya tiene un nombre asignado que llevará por siempre. Será una impronta de la que no es responsable y que lo acompañará el resto de sus días, a veces, mortificándolo si el nombre no es de su agrado. Y si además es un nombre ridículo, será objeto de comentarios chistosos en algunos ámbitos habituales tales como: la primaria, secundaria, universidad, oficina, el taller, el club. Los famosos diminutivos o los célebres apodos podrán “salvarlo” en la vida social, aunque no en los establecimientos oficiales. Un científico ilustre o un conspicuo religioso, por ejemplo, generalmente no son mencionados por sus diminutivos ni por los apelativos que podrían obrar como “tabla de salvación”.

Desde hace unos años se estila ponerle a los nenes nombres antiguos que habían sido echados al olvido; y a las nenas dulces nombres de origen mapuche.

La milenaria costumbre de imponerle el nombre a un hijo, ha generado sinsabores en aquellos a los que le han puesto un nombre absurdo por el que han recibido chanzas desde temprana edad, sin tener la facultad de poder reemplazarlo. Ello es posible ahora con el cambio de género, pero esa es otra cuestión.

Están los fanáticos que les dan a sus hijos el nombre del club de sus amores, que después de todo resulta simpático; aunque habrá que ver qué opinan sus portadores cuando sean grandes. Algunos quizá manifiesten malestar ante sus extravagantes padres. El artículo 69 del Código Civil y Comercial de la Nación (Ley 26 994), se refiere a este asunto en los términos siguientes: “El cambio de nombre o apellido sólo procede si existen justos motivos a criterio del juez”. Serán los jueces entonces, quienes deberán entender en temas especialmente delicados. Es decir que no se trata de que cualquiera puede solicitar el cambio de su nombre porque no le gusta. Si así sucediera y los juzgados accedieran a las solicitudes, se complicarían los registros de identidad en distintos organismos públicos y privados.

En fin; para evitar burlas y el bullying verbal tristemente de moda, creo que debiera elegirse para los indefensos bebés, nombres de entre los tradicionales, numerosos y agradables que existen; una costumbre que está arraigándose.

Edgardo Urraco

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