La Vieja Mendiga

En la plaza de la Victoria, o en los Atrios de Santo Domingo, San Francisco o San Ignacio allá por 1827, podía verse deambular a una anciana mendiga de tez morena. Se la oía pedir limosna con voz débil y se alimentaba con restos de comida y el pan que le daban en los conventos.

 

Se llamaba esta mujer María Remedios del Valle.
En cierta oportunidad el General Juan José Viamonte, que se hallaba paseando, acertó a pasar a su lado; éste, después de mirarla detenidamente, le pregunto su nombre; al oírlo se volvió hacia sus acompañantes: Esta es “La Capitana”– dijo – La “Madre de la Patria” , la misma que nos acompaño al Alto Perú. Se trata de una verdadera heroína!. Dijo esto sin saber cuantas veces sus criados la habían echado sin contemplaciones al ir la anciana a golpear su puerta pidiendo verlo. Sin embargo Vaiamonte no la olvido y cuando fue elegido diputado de la Sala de Representantes, el 25 de Septiembre de 1827 presento una solicitud de pensión “por los servicios prestados en la guerra de independencia”.
La comisión de peticiones recomendó a la Sala se aprobara el siguiente Proyecto de Decreto Por ahora, y desde esta fecha, la suplicante gozará del sueldo de Capitán de Infantería y devuélvase el expediente para que ocurriendo al Poder Ejecutivo tenga esta resolución su debido cumplimiento”.
Pero la presidencia de la Sala pospuso la consideración del proyecto por otros “asuntos” que le parecían más urgente.
No obstante, Viamonte consiguió en febrero de 1828 que se llevase el proyecto a la consideración de la Legislatura. Al ser leída la solicitud, algunos diputados pidieron mayores informes alegando, además, que la Sala de Representantes de la provincia de Buenos Aires no tenía facultad para otorgar recompensas por servicios prestados a la Nación
Entonces, el General Viamonte, se levantó en forma airada y expresó: “Yo no hubiera tomado la palabra, porque me cuesta mucho trabajo hablar, si no hubiese visto que se echan de menos documentos y datos. Yo conocí a esa mujer en la campaña de Alto Perú y la reconozco ahora aquí, cuando viene pidiendo limosna. Esta mujer es realmente una benemérita. ha seguido al ejército de la Patria desde el año 1810, y no hay acción en el Perú en que no se haya encontrado. Es bien digna de ser atendida porque presenta su cuerpo lleno de heridas de bala y lleno también de cicatrices por los azotes recibidos de los enemigos, y no se debe permitir que mendigue como lo hace…”
La sala se conmovió ante la declaración del general y un Diputado se alzó exclamando: “Esa infeliz mujer es una Heroína… Y si no fuera por su condición humilde se habría hecho célebre en todo el mundo…!”
Mientras el representante García Valdéz afirmó que la provincia pasaría por cruel e insensible si esperaba a que la Nación se organizara para premiar esos servicios.
En eso tomó la palabra Tomás de Anchorena, quien había sido secretario del General Belgrano durante la Campaña al Alto Perú: “Esta mujer -exclamó – participaba en todas las acciones
con tal valentía, que era admiración del general, de los oficiales y de toda la tropa. Era la única persona de su sexo a quién el riguroso Belgrano permitió seguir la Campaña del ejército, cuando eran tantas las que lo intentaban. Ella era paño de lágrimas, sin el menor interés, de jefes y oficiales. Todos la elogiaban por su caridad, por los cuidados que prodigaba a los heridos y mutilados y por su voluntad esforzada de atender a todos los que sufrían. Su misma humildad es lo que más la recomienda.”
La Sala resolvió reconocerle el sueldo correspondiente al grado de Capitán de Infantería a abonársele desde la fecha en que inicia su solicitud ante el gobierno. Asimismo, dispuso nombrar una Comisión que redactase y publicase una biografía de “La Capitana” y diseñase los planos y estableciese el presupuesto de un monumento que habría de erigírsele.
Pero María nunca cobró un centavo, ni tuvo biografía, ni tuvo monumentos. El expediente que contiene el Decreto aprobado por unanimidad quedó sepultado en alguna pila de papeles y nunca fue despachado. La heroína siguió mendigando y murió en la mas absoluta miseria.
Al meditar sobre las jugosas jubilaciones de privilegio que gozan una enormidad de zánganos cuyo único merito ha sido su paso por algún puesto publico, o calentando algún sillón de legislador; desde estas lineas rindo mi humilde homenaje a quienes dieron todo por la patria, sin recibir nada a cambio, muchas veces ni tan siquiera el recuerdo de sus conciudadanos.

Ernesto Renzi (*)

Febrero de 1994

(*) Ernesto Renzi fue colaborador de la Revista La Puerta en sus inicios. Un ser entrañable, apasionado por la pintura, el tango y la historia. Lamentablemente en setiembre de este año, falleció. Sin embargo hemos rescatado del archivo de la revista algunas notas de historia -totalmente atemporales- que publicó entre 1993 y 1996 y que fueron seleccionadas para ser publicadas aquí a manera de tributo y homenaje.

 

 

 

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