Recorridos I

En los tiempos que corren en nuestro país, debido a las decisiones políticas asumidas por el gobierno nacional, tener trabajo viene a ser una suerte, tener trabajo “en blanco” casi un privilegio y tener trabajo “en blanco” de lo que a una le gusta… viene a ser una especie de bendición. Para quienes sostenemos que “lo público” se vincula con el fortalecimiento de “lo común”, de lo que tenemos en común como sociedad -lo cual requiere trabajo y cuidado “en común”- trabajar -en blanco- de lo que nos gusta (hayamos estudiado para eso o no) en el ámbito público viene a ser… una especie de consagración.
No sin pesares, no sin contradicciones, soy docente y mi trabajo me implica viajar con mucha frecuencia. Uno de los colectivos que frecuento en esa frecuencia es el que cubre el tramo Santa Fe – Paraná, y aunque siempre haga el mismo recorrido de ida y de vuelta de ida y de vuelta hace años, son incontables los caminos que se van abriendo ante mis ojos: cientos de historias, de fragmentos de historias contadas, recreadas e imaginadas a partir del solo observar, escuchar, dialogar con quienes y a quienes recorren el mismo recorrido que yo.
Mismo recorrido, mismo colectivo, mismo paisaje concurren en múltiples caminos que me llevan a tomar apuntes: a veces de la frialdad, del sinsentido, de la desigualdad, del individualismo y tantas otras veces de la ternura, del acompañar, de la esperanza.

Oir y oler:

Ya quedaban pocos asientos libres para subirse en Santa Fe, por eso el chofer recorre el pasillo para ver cuántos tienen la dicha de subirse a ese. Repasa nuestros rostros y cuenta. Vuelve adelante y grita: “cuatro nomás”. Suben cuatro, cinco en realidad porque una iba en brazos de su mamá, jovencita… muy jovencita. Los otros tres eran muchachos, de esos muchachos que usan gorra como dni. Se sientan detrás nuestro… digo nuestro porque a mi lado estaba “una muchacha como yo” que a diferencia de mí se ve que se preocupa mas por tener sus uñas prolijamente pintadas, su pelo prolijamente atendido, su cartera prolijamente ordenada… toda prolija era ella: muy rubia, muy perfumada… muy prolija.
Ya saliendo a la ruta, la muchachada “de atrás” elevaba el volumen de su conversación, sobre todo los muchachos, que afinaban sus voces en “i” y en “eñes” intercambiando comentarios acerca de una tal Mari que no la estaba pasando bien con su pareja. Algunos preocupados por no saber cómo hacer para que se vaya de su casa y otro justificando que quizás no se va “porque es verdad que no tiene adonde ir” pero “capaz que le gusta que la caguen a palos”.
Yo miraba por la ventilla las casitas de chapa apiñadas contra la costa del Colastiné y me dolía la Mari y la controversial impotencia de la muchachada. Entretanto, la bebé había dejado de llorar, ya calma con el arrullo de su mamá y una mamadera que denotaba mucho uso previo. A esa altura, mi acompañante ya se había puesto sus auriculares y había resoplado varias veces y reacomodado bruscamente su cuerpo en señal de perturbación… molesta -supongo- por la conjunción de “volumen” y el “modo ñiñiñiñi” de hablar de “los de atrás”.
Hasta ahí era una escena similar a otras muchas que había presenciado: la molestia por la forma más que la angustia por el contenido.
Pero lo que hasta ese momento nunca había presenciado, es el desprecio anónimo en un modo tan cabal… tan contundente… que estalló ante mis ojos en el momento que ella saca de la cartera un pañuelo de gasa (de esos que se usan en el cuello) pulcramente marfil… y se lo pone contra su cara… de barbijo. Sí, de barbijo. Antibacterial. El aroma a jaboncito floral hizo de barrera al olor a humo, a rancho, a falta de agua para lavar/se… ¿podría ser una especie de condimento de “la grieta”?: los del “aroma” por aquí y los del “olor” por allá…
Lentes de sol, auriculares para no oír lo que no se quiere oír y solo aquello que se elije oír, hasta ahí… naturalizado… aunque me devuelva una triste imagen de esta humanidad que se tecnologiza para centrarse en “su ombligo” bajo certeza de sentirse libres por el hecho de elegir qué escuchar y qué no escuchar: “no veo = no existe”, “elijo qué escuchar = independencia y libertad”… “elijo qué oler = derecho.”

Postales del desprecio… macerado en generaciones de despreciadores y despreciados fulguran en pequeñas imágenes cotidianas, naturalizadas, que viene cimentando hace 5 siglos un sentir argento de que “puede solo… el que quiere” y “el que no puede… es porque no quiere.”
Yo quise y pude, porque mi viejo tuvo la suerte de tener trabajo siempre (y en esa suerte, la suerte de que no lo echen) y el “privilegio” de estar en blanco. Y eso le permitió acceder a un crédito… para tener una casita, y ahora una jubilación. No se esforzó más que tantos otros, que aunque mucho se hayan esforzado les saquearon sistemáticamente la posibilidad de tener acceso. No oportunidad. Acceso.
“Pobre pero limpito”… eso estaría bien. Tranquiliza.
Llegando a destino -ya en Paraná- la muchacha perfumada desarmó rápidamente su atuendo de “protección personal”: dobló prolijamente el pañuelo-barbijo y enroscó el cable con los auriculares sumergiéndolos en su prístina cartera… y se aprontó para bajar. La muchachada -que nunca supo de su desprecio- se había parado al unísono, cediéndole el paso con un: “por favor, señorita, pase… pase…”
Luciana Brugé

Spread the love
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *