Exodos y “Residenta”

El éxodo es el heroico y sacrificado abandono masivo de una ciudad por parte de una comunidad, para huir de un invasor y dejarle, si es posible, un hábitat hostil sin recursos técnicos ni alimentarios. Generalmente el desencadenante es el avance de una fuerza armada superior, atacando por intenciones conquistadoras o por antiguas diferencias étnicas o religiosas no resueltas.
El bíblico éxodo de Moisés es el más célebre de la historia. En ese hecho, el profeta condujo por el desierto al pueblo hebreo esclavizado por el Faraón, hacia la “tierra prometida”, objetivo que finalmente pudo cumplir gracias a la milagrosa separación de las aguas del mar Rojo.
En Sud América es recordado el Exodo jujeño organizado por Manuel Belgrano, que comenzó el 23 de agosto de 1812 con la retirada del Ejército del Norte y de la población jujeña, dejando tierra arrasada a las huestes realistas del brigadier Pío Tristán, a quien los patriotas vencieron en la memorable batalla de Tucumán librada el 24 de setiembre de 1812. Allí, en Tucumán, finalizó el Exodo jujeño que según la orden emanada del Primer Triunvirato debía continuar hasta Córdoba. Pero la estratégica desobediencia de Belgrano culminó con las decisivas victorias de Tucumán y Salta.
Un episodio no muy conocido en América del Sur, fue el éxodo paraguayo protagonizado en el marco de la Guerra de la Triple Alianza. En efecto; el 22 de febrero de 1868 apareció en Asunción un edicto según el cual la ciudad sería evacuada totalmente. Aquellos que fueran hallados robando en las casas abandonadas o cometiendo traición, serían fusilados inmediatamente. A las 48 horas del edicto comenzó el éxodo por parte de ancianos, niños y mujeres, ya que los hombres habían muerto o se hallaban peleando a las órdenes del mariscal Francisco Solano López. Comenzaba así una angustiosa retirada que duró dos años hasta culminar en Cerro Corá junto con la guerra; pero como escribe Beatriz Rodríguez Alcalá, fue preferible esa marcha, a quedarse en Asunción a merced de los vejámenes de la soldadesca. Para cumplir con el éxodo se designaron algunas residencias en las poblaciones a las que llegaba la fantasmal procesión. Eso dio origen en Paraguay a la palabra “residenta”, para referirse a la mujer que ofrenda su libertad o aun su vida, en favor de su familia o de la patria. Algunos autores le dieron al término la significación de éxodo o marcha; y esa discrecionalidad interpretativa sucede porque el vocablo “residenta” no figura en el diccionario de la Real Academia Española. El historiador José María Rosa, por ejemplo, escribió en su libro La Guerra del Paraguay (Editorial Hyspamerica): de allí partirá la “residenta”, la marcha forzada al norte para no caer en manos de los brasileños. La Academia Paraguaya de la Lengua Española solicitó a la Real Academia Española (RAE) que la palabra “residenta” sea incluida en su diccionario, pero el pedido fue denegado porque para que un nuevo término sea incluido, debe ser solicitado por la Academia de tres países y Paraguay, es el único país que utiliza el vocablo “residenta”.
La diáspora es una especie de variante del éxodo considerado en su más estricta acepción, ya que significa la dispersión de una comunidad hacia distintos lugares del mundo, a veces a través de largos años. Los judíos son el ejemplo más emblemático de una diáspora, que comenzó parcialmente en el año 586 a. C. cuando el rey babilónico Nabucodonosor II luego de destruir el primer templo de Jerusalén, trasladó a los referentes judíos a Babilonia. El segundo capítulo se produjo en el 70 d. C., año en el que el futuro emperador romano Tito, sofocó una rebelión judía y destruyó por segunda vez el Templo. Finalmente el mayor exilio (“pariente lejano” del éxodo), tuvo lugar en el 135 d. C. al ser dominada una nueva revuelta, tras la que numerosos judíos fueron expulsados de Judea. El andar errante de los judíos tuvo fin el 14 de mayo de 1948, al ser creado en Tel Aviv el Estado de Israel. Y un día después se produjo la “nakba” o éxodo palestino, ante el ataque de sionistas armados.
Pero desde aquellos tiempos imperiales hasta nuestros días, las cosas no han cambiado mucho para algunos pueblos del mundo. Miles de personas debieron huir a otros países para escapar, entre otras cuestiones, de los horrores de la guerra, de las hambrunas, de la extrema pobreza, de conflictos tribales o de enfrentamientos entre las guerrillas y las Fuerzas Armadas Gubernamentales: Ciudadanos de Afganistán, Ruanda, Palestina, Georgia, Azerbaiyán, Rusia, Sri Lanka, Kosovo, Bosnia, Chechenia, Colombia, México, Somalia, Etiopía, Eritrea, han vivido la triste experiencia de la emigración a otras naciones.
El mar Mediterráneo va reemplazando su bello adjetivo de romántico por el de trágico, porque desde hace dos decenios se ha convertido en la hídrica trampa mortal; en la repetida tumba marítima para numerosos emigrantes que naufragaron en pesqueros o embarcaciones de goma, procedentes principalmente de Libia como hace unos años lo hacían desde Túnez, tratando de escaparle a una vida de violencia y pobreza.
La situación más lacerante tiene su dramático escenario en Europa, donde una significativa cantidad de ciudadanos de Asia y Africa acosados por las consecuencias de la guerra civil, tratan de refugiarse en países europeos. También los kurdos huyen hacia Alemania desde Siria y Turquía donde al parecer, sufren escasez y discriminación.
Un mundo sin guerras, sin odios religiosos ni discordias entre etnias, sería un mundo sin diásporas y sin éxodos.
Lamentablemente, no obstante algunos llamados de paz hechos por el Papa Francisco, aún subsisten las incomprensibles cuestiones que la perturban.

Edgardo Urraco

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