Maldita música

Ayer te volví a ver sonriente
Desparramando dientes en la televisión
En mi opinión la cosa no es para risa
Si estamos en la cornisa
Vos sos el empujón

Las primeras líneas de la obra “Para la mano” de la banda de folclore alternativo Arbolito hace tres años atrás anticipaba la inminente deforestación de un país que aprendió a punta de crisis, o al menos cree haber aprendido; de otra manera el tipo con apellido capicúa no hubiese insistido con volver al poder. Y lejos de cualquier inclinación política la música, prima hermana de la poesía, se pasó la historia instrumento en mano dándole chumbimba a los cipayos desertores de ejércitos piratas que desvalijan cuanta población se les ponga delante.
La dictadura militar que prohibe pensar, decir y escuchar, mantuvo a lo largo y ancho de latinoamérica una doctrina implacable durante todo el siglo veinte. En Uruguay los presos políticos utilizaban en compases de cuatro cuartos las paredes de los calabozos para comunicarse. Cada golpe era una letra y cada compás una palabra. Un alfabeto percutivo que mantuvo a los detenidos comunicados contándose sus miedos y sus felicidades.
En el mismo país la murga fue el ejército que en la guerrilla urbana y sin disparar una bala le hizo frente al ultimo golpe de estado del país vecino. Las voces como metralletas se clavaron de lleno en el tímpano bruto de la tiranía inútil de contrarrestar el efecto sin mas argumento que el garrote y la picana.
Y de esta manera la raíz se echa y el roble resiste. La subversión que es delito para el militar tiene el tumbado de los tambores africanos, la armonía de Brasil y las melodías de un tango protestón: si hasta Astor Pantaleón fue prohibido y nunca mencionó una palabra

Rodrigo Gaspar Acttis

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