Viveza Criolla

Dado el carácter de los hechos que hoy vamos a tratar, y para que no quepan dudas de su verosimilitud, voy a citar las fuentes de los mismos. El primero proviene de “Tradiciones Históricas”, de Bernardo Frías; y el segundo lo cita Leopoldo Lugones en su “Guerra Gaucha”.

Se ha dicho mucho de la viveza criolla, a veces confundiéndola con la desvergüenza, que es otra cosa. Pero es indudable que hay en la gente de esta tierra una rapidez mental para resolver situaciones conflictivas que revela una actitud realmente destacable. Así lo prueban estos hechos que relataremos a continuación. El primero es el citado por Frías, al presentar a Don José María Todd, quien fue Gobernador de Salta por el año 1860, en un episodio de su vida pública. A Todd, aunque era salteño de nacimiento, se lo llamaba el “Gringo Todd”, acaso por su paterna ascendencia inglesa; sin embargo, como en estas tierras, puede más el suelo que la sangre de origen, el Gringo Todd evidenció siempre la más perfecta viveza criolla, la cual utilizó para burlar a sus adversarios en ocasión de un conflicto armado con la vecina provincia de Tucumán, la que, bajo el mando de su entonces Gobernador Campos, invadió el territorio donde Todd mandaba.
Para la defensa de Salta, él era el hombre más indicado, pues, además de ejercer el mando de las milicias en su caracter de Gobernador, no podían desconocérseles, sus actitudes militares demostradas brillantemente cuando actuó en la guerra con Brasil.
Debió pues partir a ponerse al mando de las tropas y delegar el gobierno en alguien que lo representara en ese interín. Sus adversarios planeaban aprovechar su ausencia para hacer una revolución que lo derrocara, y Todd, que sabía muy bien las intenciones de sus enemigos políticos, sonreía al oír preguntar ¿En quién delegará el mando el gringo Todd?
Un domingo, el día antes de su partida, por toda la ciudad de Salta corrió corrió una noticia:

“Dispónese una suntuosa función con misa solemne para el Señor del Milagro, a la que se invita a todo el pueblo para que acuda a rogarle su protección a nuestras armas”.

El pueblo llenó la catedral porque el Señor del Milagro era el santo de la devoción y el fervor populares, y con el pueblo concurrieron sus adversarios. Terminada la misa nadie se movía, pues esperaban que el gobernador iniciara la salida; pero Todd se levantó de su asiento y se dirigió resueltamente al altar con su bastón de gobierno exclamando en voz alta “Deposito en tus manos Señor del Milagro, este bastón que simboliza la autoridad del gobierno de la provincia que mis conciudadanos pusieron en las mías desde hoy y hasta mi vuelta; a tí te encomiendo el cuidado de la paz, el orden y el bien de mi pueblo!” y con una apariencia muy circunspecta se retiró de la catedral mientras sus allegados le oyeron decir casi para sus adentros “¡Que me hagan ahora una revolución. Que se la hagan al Señor de los Milagros!”
Esta treta dio por resultado el fracaso de la planeada revolución porque para que tal movimiento cuajara había que armar al pueblo y el pueblo salteño no hubiera osado jamás rebelarse al santo de su devoción; así dio fruto la viveza criolla del Gringo Todd.

Ahora Leopoldo Lugones nos presenta un episodio en el que la viveza criolla es explotada en favor de la vida de un hombre condenado a muerte.
La acción se sitúa durante la guerra gaucha, donde tienen cabida los hechos más excelsos que el coraje y el amor a la tierra pueden provocar.
El episodio ocurre en las quebradas salteñas donde está acampada una partida de valientes a la espera de órdenes para avanzar por el camino de la gloria o de la muerte.
Hubo una deserción en las filas, era inusitado esto, pero alguna vez un aguerrido “infernal” cedía y los nervios estallaban en desesperado frenesí de fuga, pero no pudo llegar lejos y ahora estaba de vuelta, atado de pies y manos esperando la sentencia d
que debía caer, más para escarmiento de los otros que para castigo del culpable.
En ese interín, el jefe de la partida debió salir apurado del campamento, pero antes de marchar reiteró la orden: “¡Al amanecer, fusilar al reo!”. El encargo fue hecho al cabo que quedó al mando, valiente y grave, tenía entre otras cualidades, una exagerada escrupulosidad en el cumplimiento de las órdenes que recibía.
Custodiando al reo quedan tres soldados, uno de los cuales, muy amigo de aquel, no acepta la suerte de su compañero y quiere salvarlo.
Hacerlo fugar es imposible, pues el cabo en persona vigila al prisionero; la noche se acerca y el centinela sigue sintiendo esa orden que taladra sus oídos, “¡Al amanecer, fusilar al reo!”. Las horas pasan y el amigo piensa y piensa en esa larga noche de agonía, buscando la manera de arrancar al reo de su destino, la manera de salvar esa vida. ¡El perdón…! ¿de donde puede venir el perdón Dios mío?. ¡Al amanecer, fusilar al reo!. ¡Fusilarlo! De pronto la palabra repetida sin voz le corta el aliento, ¡Fusilarlo…! ¿y con qué fusil? Si en la partida no hay más armas que terceloras(*)
Una idea luminosa cruza su mente… ¿Y si enfrento al cabo? Ya no duda y va a donde está su superior, el cabo, que desvelado también, recibe al soldado y éste habla: “Se trata, mi cabo, de una cuestión de conciencia” -hubo una pausa y continuó “Como ordenó el jefe, al amanecer debemos ajusticiar al prójimo ese”. Hay un silencio y la frase se reanuda… “¡Eso está claro, pero hay una dificultad!”.
El cabo, impasible lo mira fijamente. Pero deja que el soldado continúe: “Porque el Jefe ordenó claramente fusilarlo; lo que quiere decir, ejecución a fusil ¿y cómo vamos a cumplir esa orden si no tenemos más que tercerolas?.”
El cabo sacude su cabeza, su perplejidad se traduce en pestañeos, no sabe como reaccionar ante este camandulero que viene a explotar justamente su fama de estricto en el cumplimiento de las órdenes, para salvar a su compañero en desgracia. Al fin, como si se aclarara su mente, se encoge de hombros y dice: “Tiene razón soldado, eso sería tercerolearlo. Será mejor que consulte”.
Un chasqui, hiriendo los caminos con los cascos del caballo en carrera, va un momento después rumbo al jefe ausente para solicitar la interpretación de la orden. Y esa misma mañana el prisionero es indultado, acaso conmovido el superior, por este rasgo de ingenio, por esta manifestación de viveza encaminada a tan noble fin.

Ernesto Renzi / La Puerta – Enero 1994

(*) Tercerola: Arma de fuego un tercio más corta que la carabina empleada por la caballería

 

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1 respuesta

  1. Helio dice:

    Bela história

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