Entre juegos y tragos.

Mientras bebía el último trago de cerveza y el mundo le empezaba a dar vueltas en la frente, escuchó: “la vida es un partido sin revancha, hay que dejarlo todo en la cancha”. La música sonaba fuerte y ni siquiera pudo distinguir quién cantaba.
¿Cómo se juegan los partidos? ¿Quién establece las reglas de juego? ¿Alguien te enseña a jugar? Y pensó en todos los partidos jugados. Y en las victorias y en los empates y en las derrotas y en los no jugados y en los partidos suspendidos y en los partidos arrebatados.
¿Cuándo se gana y cuándo se pierde? Se juega como se puede. No, se juega como se quiere. Elegir es querer. Decidir es querer. Jugar es querer. Aunque a veces no tengamos todas las cartas que deseamos. El deseo, siempre el deseo. Deseó ser un animal cualquiera en ese momento para carecer de deseo. Un perro, una vaca o un bicho cascarudo. Da igual. Los deseos impulsan, se contradicen, se contraponen, discuten. Los deseos te obligan a elegir. De pronto, se sintió una miserable maraña de deseos con patas.
¡Cuántos triunfos derrotados! ¡Cuántas derrotas triunfales! Caminando, a los tumbos, llegó hasta la barra. Caminando, a los tumbos, se presentó en la cancha. Embarrada hasta el cuello, se sintió orgullosa de seguir jugando. Porque los que siguen jugando siempre son más valiosos, porque los que siguen jugando y pierden siempre son los campeones sin trofeos y los trofeos no valen más que las jugadas. Al menos, eso le habían enseñado en la escuela. Y cada mañana, cuando ella ingresaba con su guardapolvo blanco a tablitas, la deslumbraba la colección interminable de trofeos dorados obtenidos por el equipo de fútbol de los varones de la escuela.
Rota, embarrada, perdedora pero orgullosa de seguir jugando. Idiota.
Se alejó de la barra buscando la puerta, estaba amaneciendo. La noche con sus demonios por fin se alejaba. Otra vez idiota. Los demonios siempre son más letales con la luz del sol.
Jugar, perder, ganar, patear, dormir.
Barajar y dar de nuevo.
Las cartas que deseamos no siempre llegan en el momento que esperamos. Hay cartas que no llegan nunca. Hay cartas que aguardan siempre la mejor jugada. Hay cartas que no vemos. Jugar a lo no jugado. Inventar la jugada. Burlar las reglas.
Torcer el juego.

Maria Noel Vernizzi

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