Enero

Desde chiquita (sí, alguna vez medí menos del 1,48 mts. actual…) Enero y yo tuvimos una relación complicada, turbulenta. El calor y el sol de verano no son mis mejores amigos, sí sus noches que siempre las adoré. No me gustan las sombrillas ni las playas con mucha gente ni las heladeritas en la arena. Cuando llega Noviembre siempre quiero que termine el año para descansar, quiero descansar del trabajo, de la gente y del mundo completo. Pero llega Enero y se me planta enfrente y me mira fijo a los ojos…el desgraciado…y me dice: «me esperabas, acá me tenés. Te traigo tus vacaciones, te traigo tu descanso, te traigo tu tiempo libre. A ver…qué hacés..» Y entonces tomo el desafío (porque debo reconocer que tengo debilidad por ellos) y voy al encuentro de mis amigos de toda la vida, los libros. Voy al encuentro del río (por la noche, obvio). Me encuentro con la música, con amigos y amigas, con mis perros y me encuentro conmigo misma… Acá sonamos. Sin dudas, este es nuestro mayor desafío siempre. En todos los meses y en todas las estaciones pero en Enero, en enero extraño todo lo que hago durante el resto de los meses. Si, lo reconozco, lo confieso. Extraño mi trabajo porque me apasiona, extraño a mis compañeros, a los estudiantes, hasta esas latas de tomates con rueda mal llamados colectivos, extraño! Y como Enero y yo tenemos esta relación complicada, suelo pensar y sentir más de lo habitual…y, por estos días, hablando con amigos acerca de la vida pienso…pucha qué jodida es. O es jodido el mundo que nosotros mismos vamos creando? Detesto absolutamente todos esos libros basura de autoayuda y me da mucha pena la gente que anda por la vida buscando la felicidad como si ésta fuese una cosa que se pudiese adquirir o un estado permanente. No existe tal cosa. No existe la plenitud. Somos seres incompletos, en permanente búsqueda. No existen los amigos ni las parejas ni las familias que nunca nos fallan porque siempre fallamos, siempre nos decepcionan porque siempre nosotros también decepcionamos. Pedimos y exigimos seguridades y certezas de todo tipo todo el tiempo, cuando la vida misma es incierta… Los siempre y los nunca son garantías que, simplemente, los humanos no podemos dar… se nos escapa. No existen siempre los días felices. Hay días memorables, otros horribles y algunos sencillamente son días que pasan. Sí, hay que aceptarlo. La vida está compuesta sólo de momentos, de instantes. De un abrazo, de un beso fugaz, de una palabra al paso, de una mirada inolvidable, de una comida rica, de un helado de chocolate, de una buena peli, de un encuentro pasional entre dos cuerpos o de un mate con jengibre (una compañera entrañable me «pegó» la costumbre). Damos lo que podemos y nos dan lo que pueden, porque en la vida se hace lo que se puede. Querer (que no es lo mismo que necesitar) implica entender esto. Soltar, dejar de amarrar, aprender a vivir con la incertidumbre, disfrutar de los instantes. Las dichosas redes sociales son maravillosas porque nos entraman y permiten esto que estoy haciendo yo en este preciso momento…escribir, compartir. Sin embargo, constituyen espejos peligrosos. Siempre pensamos que la vida de los otros es mejor, que no sufren y nos olvidamos que las redes también sólo inmortalizan apenas…algunos momentos. Yo no sé de qué carajos se trata la vida (cada vez sé menos) pero si aprendí que hay que dejar atrás las viejas amarguras, querer y dejarnos querer más, amigarnos con nosotros mismos. Aprendí que hay que aprender a convivir con nuestras soledades, nuestros miedos y nuestros fantasmas. Aceptar realidades para poder, entonces, quizás…intentar transformarlas. Aprendí (como siempre dice una querida colega) que juntos es mejor pero que ese juntos, en ocasiones, implica algunas renuncias. Enero y yo tenemos una relación complicada. Él sabe que no lo quiero (o le temo, no sé…pero mejor que no se entere…el desgraciado). Yo sé que en cada vuelta al sol, siempre me lo encontraré. Los dos tenemos que convivir. Los dos asumimos el desafío, nos miramos bien de frente. Yo sé que él pasará y él sabe que yo también pasaré.

Maria Noel Vernizzi

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