Mientras desayunaba…

Cruzó la calle con su corazón en la mano, en busca de los nunca. El dolor del mundo la aplastaba. Siempre alguien pide en una esquina. Siempre una nena vende pañuelos. 
Largos años caminando en el desierto, rota, mal herida, sedienta. Aullando por las noches. Siempre solía tener miedo. Siempre el miedo la mantenía cautiva. Prisionera de fantasmas y tormentas. Atrapada entre princesas, hadas, duendes, brujas y héroes. Historias mal contadas. Prisionera del pasado y del presente.
Cruzó la calle con su corazón lacerado en la mano, en busca de los nunca porque los siempre duelen más. El viento soplaba fuerte. Caminaba rápido, a veces más lento pero nunca dejaba de caminar. Había aprendido o le habían enseñado que siempre había que seguir caminando. Tenía metido hasta en los huesos la idea de que resistir era siempre continuar a pesar de todo, a pesar de nada. Maldijo a sus antepasados por las malas herencias, maldijo al tiempo por el viento al que hoy sentía como un látigo sobre su cuerpo, maldijo a esa gran masa de individuos anónimos llamado gente.
Cruzó esquinas, esquivó autos, se detuvo ante esos grandes ojos de vidrio donde ropa, comida, bebida y todo tipo de objetos pueden ser comprados. Sí, hasta los perros (los de raza, claro) pueden ser comprados en cómodas cuotas. ¿Cómo es que llegamos a que la vida pueda ser comprada y vendida en cuotas? Y pensó en las cuotas que le faltaban para terminar de pagar esos zapatos que habían logrado seducirla el mes pasado.
Siguió caminando y cada tanto, sólo cada tanto, alzaba su mirada para tratar de encontrarse con un semejante y aún en medio de un enjambre de algo similar a los humanos, no pudo hallar a muchos semejantes. Infinidad de cuerpos esbeltos, deformados, desmembrados, mutilados, tallados, arrugados, aplastados, esclavizados, dibujados. Es duro mirarse. Es duro enfrentarse al espejo.
Alguien limpiaba un parabrisas. Alguien leía el diario y creía leer el mundo. Alguien abrazaba a su celular. Alguien.
Continuó caminando pero recordó que olvidó dónde iba. No siempre sabemos lo que buscamos. A veces lo que buscamos se disfraza de hombre, de mujer, de un viaje o de una milanesa con papas fritas. Ya cansada, se sentó en un banco de una plaza cualquiera. Nunca entendió la calesita. Dar y dar vueltas en círculo, en el mismo lugar. Ella siempre quería subirse a los caballitos pero siempre le decían que el silloncito o el elefante eran más seguros. ¿Por qué sí un elefante y no un caballito? Le había preguntado a su mamá. “Porque el elefante es más gordito y te puede sostener más”. Le había dicho. Y de ahí en más pasó su vida buscando elefantes. Buscó amigas elefantes, buscó parejas elefantes, buscó trabajo elefantes hasta que el mundo se convirtió en un elefante y entonces comenzó a buscar caballitos.
De tántas caperucitas y lobos feroces y pinochos y chanchitos que comían maíz y de tántos “vivieron felices y comieron perdices”, ella quedó amurallada en algún cuento por ahí.
Observó un folleto tirado y lo levantó. Promocionaba parcelas en un coqueto cementerio privado. “Para disfrutar de nuestro merecido descanso” decía. Miró a su alrededor y se imaginó a ese señor mayor de bastón y lentes oscuros en una elegante vacía tumba. Y se imaginó a esa inocente nena que jugaba con su mamá en una tumba chiquita y fría. Y se imaginó al pordiosero que mendigaba en la esquina en algún pozo prestado, lleno de lágrimas silenciadas. Y se imaginó a sí misma en un pedazo de tierra repleto de gusanos y raíces. Hasta las tumbas son desiguales. 
La vida y la muerte, juntas. Una no existe sin la otra. Atravesar los miedos, caer en las tentaciones para librarse de ellas, emprender el vuelo. 
Salir del cuento.

Maria Noel Vernizzi

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