Navegante Solar

David Brin y la mentira de la Evolución

En 1980, el escritor británico David Brin publicaba Navegante solar, la primera de las novelas de una interesante saga que se compone hasta el momento de cinco partes.
La novela nos cuenta que en el Sigo XXIII los seres humanos se aventuran en el espacio para descubrir que la galaxia está densamente poblada por toda una gama de seres, organizados en base a un hecho particular: la inteligencia no se logra a través de la evolución. Todas las razas sapientes han adquirido ese estado mediante manipulación genética, llevada a cabo por alguna otra raza más vieja y avanzada. Esto es así desde el Principio de Los Tiempos, cuando los ahora desaparecidos Progenitores elevaron a las primeras criaturas.
Cuando una raza descubre seres que muestran el potencial necesario para desarrollar la inteligencia, tiene la oportunidad de elevarlos, convirtiéndolos en sus Pupilos. La raza pupila adquiere con sus Tutores obligaciones cuasi serviles, pero a su vez tiene la oportunidad, una vez libre del Contrato de Pupilazgo (cuya duración estándar es de 100.000 años), de elevar a otras razas. El estatus de las criaturas inteligentes se mide en base a quienes fueron sus tutores (y los tutores de estos) y quienes y cuántos son sus pupilos. Esto lleva a la formación de Clanes, cuyo poder económico e influencia política depende de la importancia de las castas que lo conforman.

Esta civilización, conocida como “de las 5 galaxias” monopoliza el conocimiento a través de El Instituto de la Biblioteca, que compendia el saber de todas las razas existentes o desaparecidas desde su creación, millones de años atrás. La influencia de la Biblioteca es positiva y negativa a la vez. Por un lado, permite a todos los planetas el acceso instantáneo a desarrollos y descubrimientos que les llevaría siglos alcanzar por sí mismos. Por el otro, impide que estos busquen su propio camino, uniformando la tecnología y ralentizando el avance científico: poco y nada se ha agregado a la Biblioteca en los últimos milenios.
En este contexto, la aparición de los humanos es una patada en el tablero, ya que estos no solo dicen haber alcanzado la sapiensia por sus propios medios, sino que también han elevado ya a dos razas: los neodelfines y los neochimpancés… a los cuales tratan como a iguales. Si lo primero es una herejía desde el punto de vista de la mayoría de los Galácticos, lo segundo es un potencial peligro para las razas tutoras porque podría dar extrañas ideas a sus Pupilos. De todos modos, este último hecho le da a la Humanidad el rango de Tutores, salvándolos de ser forzados a convertirse en pupilos de alguna otra raza, aunque le gana muchos y poderosos enemigos.
También en la Tierra se dividen las opiniones en dos frentes bien definidos: los Danikenianos (popularmente conocidos como Camisas, por su costumbre de usar camisas plateadas al mejor estilo de los extraterrestres en las películas de los 50) sostienen que el Hombre debe buscar a sus desaparecidos Tutores y aceptar humildemente su lugar en el orden establecido integrándose a la cultura galáctica y beneficiándose del conocimiento acumulado durante eones por esta. Cualquier investigación hecha por el hombre es superflua, un mero intento de reinventar la rueda. Todo lo que se necesita es esperar que los contenidos de La Biblioteca sean traducidos al Anglo (la lingua franca de La Tierra). Los defensores de la Ética Neolítica (también llamados Pieles, porque visten con pieles de animales y utilizan instrumentos de piedra) afirman que el Hombre debe estar orgulloso de ser una raza autoelevada y mantener su independencia.
La comparación entre estas dos corrientes y la teoría del buen salvaje (que acepta la superioridad del Hombre Blanco) en oposición al indígena rebelde (que defiende su cultura y autonomía) es obvia y el propio autor la pone en boca del protagonista en cierto momento de la novela.
Sin embargo, el eje del libro no pasa completamente por esta confrontación. Lo más importante de la novela es el descubrimiento de lo que parecen ser formas de vida inteligente en el sol y la investigación que los humanos llevan a cabo. Los Danikenianos, por supuesto, se oponen, argumentando que es un desperdicio de recursos que estarían mejor empleados en mejorar las condiciones de vida de La Tierra. Algo similar se decía en los ochenta, cuando se publicó la novela, sobre el programa espacial tanto norteamericano como ruso.
Es sorprendente que el autor, luego de sentar las bases de un Universo Ficticio tan interesante, se dedique a no hablar del mismo, convirtiendo la novela en una investigación policial-científica, al estilo de alalgunos cuentos de Isaac Asimov. También puede resultar desconcertante que haya tantos supuestos sin explicar, al punto que uno tiene la impresión de haber comenzado a leer la saga por la mitad. Esta sensación es más notoria con respecto al personaje principal, que cuenta con un trasfondo que nunca llega a explicarse del todo.
Sin embargo y tal como se ha dicho, la saga cuenta con otras cuatro partes: La rebelión de los pupilos (1987), Arrecife brillante (1995), La costa del infinito (1996) y Los límites del cielo (1998) que poco a poco van aportando las piezas necesarias para construir el rompecabezas.
En resumen, estamos ante una buena novela, que seguramente los deje con ganas de saber más sobre la civilización de las 5 galaxias.

Juan José Farías

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