El tonto y la Dama Nocturna

Noche tras noche, carente de soles
y estrellas fugaces, solo esperando;
la rutina carcomiendo sus pesares
de nuevas ilusiones diluídas.
Rendido por no encontrar la esencia
de un tímido latir de su corazón;
que lo haga despertar
de sombras cotidianas persiguiéndolo
por calles sin aromas ni sabores.
Todo es ingrato ante tanta soledad,
el reloj no se detiene;
pero al abrir sus párpados,
su luna vuelve a brillar
y lo sorprende la caricia del rocío.
Asomándose de alguna galaxia,
aparece ella vestida de sueños;
con su túnica blanca
y perfumes de azahares.
Ya nada fue igual,
la vida tomó su frágil alma
para hacerlo vibrar;
sus ojos brillosos
y una mirada de paz.

Marcela Alejandra Oriti Zajac

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