No llores.

«No llorés, por favor…» Me decía él mientras con sus manitos chiquitas y frágiles intentaba secarme las lágrimas. Luego me abrazó tan fuerte…que pude sentir el tremendo dolor acumulado en su alma y en su pequeño cuerpito. Y entonces pienso: cuánto dolor podemos acumular los seres humanos. Las heridas se nos van incrustando como espinas afiladas en el corazón, en la garganta, en los ojos, en la piel, en las uñas, detrás de las orejas, en las plantas de los pies. El cuerpo soporta el peso de las profundas lastimaduras. Y se refleja en nuestras miradas, en nuestra postura corporal, en nuestra actitud frente a la vida. Andamos rotos, desarmados por dentro y nuestro cuerpo resiste, entero. Resiste hasta que estalla en ira, en impotencia, en bronca, en dolor de cabeza, en acidez estomacal, en insomnio, en olvido o hasta que se deja caer en otro cuerpo. Un cuerpo se abraza desesperadamente a otro buscando refugio, buscando un lazo que le permita amarrarse. Hay tánto cuerpos que piden desesperadamente ayuda. Parecen erguidos y hasta soberbios y hasta violentos. Sin embargo son cuerpos atravesados por el más profundo dolor. Un abrazo, una mano cálida, una mirada sincera que los mire. Sí, que los mire porque fueron invisibilizados. Un cuerpo que necesita sentir y confiar en otro cuerpo que lo sostenga. En otro cuerpo que lo ame. En otro cuerpo que lo escuche. A veces el cuerpo grita, emite alaridos feroces…para que nos demos cuenta que dentro de el aún hay vida.

María Noel Vernizzi

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