CONTRADICCIONES

«Sí, ya sé lo que vas a preguntarme. Y sí, podés ser feminista y que te guste un hombre y quieras ser dulce con él».

Debo admitir que caí ese día, súper tentada y con la enorme contradicción de sentirme empoderada y, al mismo tiempo, tener la cabeza -¿o el corazón?- flashada con un pibe que me encanta.
Yo nunca supe vincularme bien con los hombres. Así, en general. Digamos, claramente, que siempre elegí como el ogt y cuando me separé del padre de mis hijos me juré a mí misma no volver a caer en relaciones violentas, signadas por el machismo. El feminismo fue -y es- el telón de fondo de todo el proceso de cambios y redescubrimientos que viví y estoy viviendo. Descubrí que amo escribir, cosa que sabía pero que durante muchos años dejé de lado por comerme el flash de esposa y mamá abnegada. Descubrí que no estoy sola, que la energía que mueven las pibas es todo lo que está bien, que entre nosotras nos bancamos las que sean; que a veces, la mejor terapia es una tarde de mates con amigas, riéndose hasta llorar y haciendo que los problemas parezcan menos serios y los dolores más chiquitos.
Descubrí también -y esto no sé si es por feminista o por la edad- que ya no quiero fumarme el chamuyo de nadie; que no tengo voluntad para seguir un juego de preguntas de manual, que me aburre terriblemente tener que remar conversaciones.
Y en todo este hermoso quilombo, también lo descubrí a él, que de un tiempo a esta parte ocupa gran parte de mis pensamientos. Y ahí es donde me enredo sola en contradicciones. ¿Tengo que decirle todo lo que siento? ¿Me estoy queriendo menos cuando siento celos? ¿Soy una tóxica del orto por decirle que lo extraño?
Sí, ya sé. Quizá sea muy enroscado el planteo. Así caí el otro día a terapia. Riéndome como hace mucho tiempo que no me reía, sintiéndome más libre que nunca y, a la vez, llena de viejos miedos.
Ella me tranquilizó.
«Vos lo que querés es un compañero.»
Un compañero. Qué lindo suena. Tan lindo como él.

Florencia Dal Molin 

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