Salir al (del) Mundo Real

Ese, el de las bocinas desafinadas que apuran una marcha imposible, ese que nos lleva a fuerza de inercia, en ese bondi donde no cabe ni un suspiro, pero en las paradas todavía hay colas largas esperando su turno para sentir lo que es ser un ganado y no perder ese presentismo que ayuda a que el sueldo dure un poco más que quince días. El mundo real que reza aquella vieja frase nos educa para no cuestionar, para aceptar calladitos sin chistar, que ese pedazo de calle exclusivo para colectivos llamado metrobus, es la salvación a nuestra titánica tarea de llegar a tiempo al trabajo o a la escuela o a esa cita esperada por días.
¿Por qué le pusieron metro «bus»? Si acá lo llamamos colectivo o bondi. Ni nuestro léxico podemos elegir. Eso tenemos del mundo real, la sentencia a mirar cómo se hacen obras solo para sus negociados y no para ayudar a las personas.
El mundo real que hace que hablemos por otra persona, como siendo voceros de lo que ésta debería poder decir por sí misma. Donde no es aceptada la posibilidad de repensar cualquier cosa. El mundo real no acepta preguntas, sólo exige sumisión.
El mundo real, ese cuento contado por siglos con la sola intención de adiestrar seres incapaces de generar pensamientos, de respetar las diversas formas de mundos. Donde la primera y única consigna parece ser repetir todo y nunca animarse a hacer un esfuerzo intelectual.

El mundo real que dicen está ahí afuera es el que pasa por delante nuestro cada día y no somos capaces de ver, como si tuviéramos miedo de pararnos y mirarlo. Riquezas extremas se mezclan con las miserias y desesperación de miles de personas que buscan no morir de hambre o sed en los cestos de basura,ahora codificados para que lo puedan abrir solo los portadores de tarjetas exclusivas. El mundo real es el gancho que usan los gobiernos nefastos para prometer un futuro de alegrías y cambios. El que usa la iglesia para paranoiquear al desesperado que busca contención y lo vuelve un empleado más de la fe.

El mundo real es el de la avaricia y el consumismo extremo, el de la competencia voraz, el de la imitación, el de la arrogancia.
En el mundo real, no hay lugar para los locos, para los putos, para las travestis ni los bisexuales. No hay lugar para las personas solidarias que intentan contagiar a todos los que todavía guardan un poco de sensibilidad.
No hay lugar para pensar el amor y la libertad como un dúo completamente necesario, como una amalgama necesaria para estos tiempos de amor marketinero.
Al mundo real le da asco la originalidad, la elocuencia y la osadía, no soporta ver cómo los locos crean otro mundo, más irreal, más libre, más inclusivo, menos autoritario, con más artesanos y menos artistas. Con más músicos y menos estrellas, con más cultura y menos moda.
El mundo real es una mentira sostenida en el tiempo para que sigan habiendo pocos privilegiados y muchos excluidos.
El mundo real no ama.
No alimenta.
Ni Viste ni cobija.
Solo siembra y cosecha miserias.

CREEMOS OTRO MUNDO.
OTRO MENOS REAL.

Suer Ton

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