UN PUEBLO LLAMADO VELA

Quería escribir un cuento sobre ese lugar. Contar, qué se yo, que la parejita inventada de Constitución flashaba hilo rojo y planeaba su primer viaje juntos. Empecé a escribir, releí, borré. Me estoy mintiendo de nuevo; lo que quiero es escribir sobre vos y yo. Y claro, yo elijo el lugar y vos, como todavía disfrutas de mis caprichos, me dejas inventar y reinventar a mi antojo. Esto no dura para siempre. Tenemos que aprovechar. Así que ahí estamos. En un micro semivacío que nos aleja por un rato de todo eso que nos espanta y que nos hace mal. Hablamos, te hablo, me hablas. Te miro la boca intentando adivinar cuál es la próxima palabra, cuál el próximo gesto que anticipa la sonrisa. Nos dormimos, yo sobre tu hombro o vos sobre mis piernas; con una campera de almohada y la otra oficiando de sábana. Nos despierta la claridad de la mañana; o quizá pasamos toda la noche despiertos. El chófer anuncia que estamos por llegar. No importa demasiado, tenemos pocas cosas; el mate, la guitarra, los libros y dos o tres cosas más. Me peino con las manos y uso la ventana como espejo distrayéndome con tu mirada que, amanecida, me gusta mucho más.
No encontramos la casa y ninguno tiene señal en el celular. Ya fue, caminamos. Alguien nos va a ver cara de perdidos y nos va a saber orientar. Mientras, te cuento la historia del pueblo, el por qué de su nombre, lo bien que me trataron cuando llamé para alquilar; vos aclarás la garganta, me pedís que me calle un rato, nos reímos -vos de mí, yo de mí- y no se escucha nada más que el canto de los pajaritos que, ahora en medio de la nada, se escuchan mucho más. Un hombre agita la mano a lo lejos. Por la próxima semana: hogar dulce hogar.
Se presenta, nos cuenta que en la zona no hay wifi, que a dos cuadras hay un almacén, que hace mermelada y nos la dejó en la heladera, que usemos lo que queramos, que disfrutemos de cada espacio, que su casa es nuestra casa, que acá no hace falta cerrar las puertas, que cualquier cosa me vienen a buscar al centro del pueblo, que de la iglesia yo vivo tres casas más.
Me distraigo mirando los libros. ¿Qué digo? Me distraigo mirándolo todo y también, viéndote mirar. Sé que querés decirme que no pude haber elegido mejor lugar pero te mordés la lengua antes de darme un motivo para cancherear.
Por cuestiones de apego a la soledad, cada uno elige una pieza. Quiero dormir un rato, me acuesto boca arriba y cierro los ojos mientras vos ya encontraste sombra abajo de un árbol y te pusiste a improvisar. Abro los ojos solo para retener esa imagen en mi cabeza, para soñarte sabiendo que cuando me despierte, ahí vas a estar.
Quiero seguir escribiendo; en el mundo real también se me cierran los ojos. También te sueño algunas noches pero hay un detalle: cuando me despierto vos nunca estás. Quizá algún día, quizá algún viaje. O quizá algún cuento. Hace muy poquito leí algo que me encantó: LO SÉ, SUCEDERÁS.

Florencia Dal Molin

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