Domingo remil violeta 💜

No me llevo bien con los finales. Menos, cuando son ficticios. Debe ser por eso que siempre odié los domingos. El día de supuesto descanso donde inevitablemente llega todo eso en lo que no tuviste tiempo de pensar en la semana y te golpea la cabeza avisándote que hoy no zafas.
Ahora es raro; digo, hace un tiempo. No sé cómo se las ingenió pero hizo que hasta me gusten los domingos. Sin las alarmas a las seis de la mañana, sin los viajes en tren y la gente estresada, él entra despacio y se acomoda a ver cómo puedo pensarlo durante horas. Creo que hasta se divierte.
Me hice un rodete con este pelo que a veces me encanta y a veces detesto y estoy mirándome la cicatriz arriba del ojo derecho. Pienso que algún día también debería escribir sobre eso. Me rescato de que no comí y ahora el dilema es decidir si recaliento el guiso de anoche o sigo el consejo de un hermoso niñito de dos años y me voy a dormir. Tengo más fiaca que hambre; mejor y como cada noche, me pongo a escribir. Y digo, ¿qué cuento? Podría hablar de la abuela sentada en el banco del Parque Rivadavia, con su gorrito rojo y las manos de quizás su hija, pasándole crema por la cara mientras la abuela sonreía con una sonrisa parecida a la que debo poner yo cuando aparece él. O podría hablar de los pibes que se subieron al subte a improvisar mientras yo pensaba lo difícil que es poder vivir de lo que te gusta en un país donde la plata se caga en el talento. Y otra vez él y esa charla. Y podría hablar horas del amor y la libertad y la charla con mi hermana tiradas en el pasto y esa canción en esa voz que me desarmó por completo. También podría contar que hoy, inédito en mí, me quedé dormida al mediodía, pero si cuento eso, tendría que contar que soñé con él y con ese beso que parece no llegar y en cómo lo arrastraba del pullover lleno de llamitas (o algún animalito similar) para que no se fuera porque él también se quería quedar. No sé cómo hizo, ¿ven? Pero logró entrar y quedarse y regalarme toda la risa y toda la paz y todo ese amor a los domingos que odio pero que ahora son todo el tiempo para poderlo pensar y todas las ganas de mirarlo y pensarlo y pensarlo y mirarlo y volverlo a pensar. Y entonces, descubro que estoy bajando la guardia y que, aunque intente evitarlo y el mundo me advierta que no me meta con él porque me puedo lastimar, no hay forma de elegir: no queda otra que volverse a enamorar.

Flor Dal Molin

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