PRESENCIAS.

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«¿No será eso?», dijo mirándome a través de sus lentes.
«¿Eso qué?», pensé yo, que de tanto hablar me voy y nunca sé bien cómo volver.
La ausencia, Flor.
Ay, no. Porque hablé de eso. Maldije mi poca capacidad de pensar antes de hablar.
Qué se yo. Nunca me llevé demasiado bien con los eventos sociales; puedo hacer el esfuerzo pero casi nunca me sale y termino sentada lejos del mundo, fumándome un pucho y pensando lo bien que la estaría pasando en mi casa, con mi ropa gastada, mis libros y mi música. A algunos, claro, no los puedo evitar y ahí voy, con mi cara de ojete poniéndole la mejor onda porque el mundo no tiene la culpa de que yo sea como soy.
Y me siento siempre en la punta de la mesa como para poder escaparme más rápido y miro para los costados y me distraigo y casi no quiero comer pensando cuánto faltará para que algune haga un comentario desafortunado y entonces ahí tenés, lo hacen y -«que los negros viven de los planes»- o cualquier burrada de esas y entonces como algo para no contestar. Y me levanto con la excusa de buscar una birra y despacito abro la puerta y me voy. Y ahí me quedo mirando las estrellas y… ¿no será eso, Flor?
La ausencia.
La idea de que podríamos estar mejor; de que sobra gente y falta ella. La sensación del vacío hasta en los temas de conversación y a quién le cuento que me vuelve loca un pibe, que ayer fui a la feria y mirá los libros que me compré. Y poder llamarla tarde y que me venga a rescatar de su ausencia, de mis miedos, de las ganas de escapar de cumpleaños, navidades y todos esos días del orto en los que sin ella, yo tampoco me quiero quedar.

Florencia Dal Molin

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