TRAGEDIA EN RUTA 2.

¿A qué Dios se le reza ahora? ¿A quién se le piden explicaciones?
«Mordí la banquina y perdí el control.»
Dos niñas perdieron la vida; cuatro compañerxs aún pelean por la suya.
Una niña perdió su brazo.
A todxs ellxs les arrancaron a mordidas la ilusión de ese primer viaje juntxs; de las risas y los juegos, la visita a la fábrica de chocolate como dijo la tía de una de las nenas. La complicidad de empezar a sentirse grandes.
No era esta la foto que esperaban sacar. La que sus papás iban a enmarcar y colgar orgullosos en la pared del comedor para que la vieran todos los familiares cada vez que los visitaran. Esa foto que, seguramente, cuando crecieran lxs iba a hacer reír y avergonzar, «mirá cómo nos vestíamos y tu peinado, ¿te acordás cómo te gustaba ese chico?»
Dicen que el conductor iba a 110; dicen que podría haberse distraído. Ya habrá tiempo para determinar eso, ¿no? Como si racionalizar el tema ayudara en algo.
De todo lo que dicen que dijo, hay algo que es lo más real: «Se me fue, se me fue.»
Sí, claro que se le fue. Y con el micro, la negligencia o la velocidad, se fue la alegría y los sueños. Se fueron la infancia y los abrazos a mamá y papá de esas dos niñas que ya no están. Andá a decirles que recen, que Dios tenía un plan mejor; anda a explicarles que no van a ver crecer a sus hijas, que nunca más van a sentir la tibieza de sus manos llevándolas al colegio. Andá a decirle eso a una mamá.
Claro que se fue. Se fue la esperanza, el día a día, el amor infinito, la infancia toda.
Queda la bronca y todos los por qué; el corazón quebrado, los asientos vacíos. Las imágenes del espanto; los chicos tirados en la ruta abrazándose, las maestras llorando. Dicen que el viaje de egresados es el broche de oro de una etapa que los iba a hacer crecer.
No era así, Diosito. Otra vez, la pifiaste fiero.

Flor Dal Molin

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