POSTALES DEL RECITAL

Le pedí un trago de cerveza. Me dijo que sí al toque aunque advirtió que eso que estaba tomando era un asco. ¿Birra con hielo?
«Mejor compramos una cerveza como la gente». Yo pensé como qué gente sería un vaso de birra y dije que sí con la cabeza.
Acá está, ¿cómo te llamas?
Inventé un nombre. Calculo que esperaba que yo le preguntara el suyo. No lo hice así que lo balbuceó y se me pegó, casi rozándome el brazo izquierdo. Lo ignoré justo cuando las luces rojas inundaban la escena. Calculo que en su mundillo habrá creído que haber comprado un vaso de birra le daba permiso para abrazarme. Me hice la tonta, di un paso al costado. Me puso la mano en el hombro y «qué tensa estás». No, flaco, no estoy tensa, ya te pedí que no me toques. Me dijo que era mala y se fue mientras a unos metros un loco hacía trap, con una letra que supongo estaba buenísima, pero el pelotudo no me dejó escuchar. Volvió demasiado pronto; no lo vi hasta que sentí la mano casi debajo de la cintura. Dale, wacho, podemos exhibirte como el espécimen del machirulo perfecto la «reconchadedió», ¿es que no entendés que no, es no?
Estaba decidiendo si pegarle una piña o no cuando alguien me vino a salvar. ¿Te está molestando? Tuve que decir que sí. Le pusieron los puntos. Desapareció y no jodió más. Agradecí la ayuda mientras me colgué a pensar qué diferencia había entre mis reiterados «no» y el «loco, dejá tranquila a la piba». Y confirmé mi teoría: hizo falta que un hombre se lo diga.

Flor Dal Molin

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