NO DEJEMOS DE JUGAR.

Cuando todo esté quieto, aburrido, sin magia: ¡Jugá!
Buscá al guache que quedó en penitencia en el rincón de tu alma y abrile el patio de tu imaginación. Qué mierda importa que te miren mal si lo hacen porque ellos también quisieran poder dejar la madurez que los apagó y volver a jugar; jugar con el corazón, que el tiempo sea solo algo que pasa y no asusta, no molesta ni apura.
Hoy saqué al patio al cabezón que imaginaba todos los redobles en el timbal y dejé de lado la responsabilidad de ordenar la casa, de lavar la ropa, hasta de comer, porque si algo tiene de lindo el juego es que también hace que nos olvidemos del hambre físico, y alimentemos el hambre de soñar, de hacer eso que no sabes cómo mierda se hace pero que sabés bien cómo hacerlo. No se estudia en los libros, ni con profesores. Se estudia en cada recreo que le damos a nuestro guache.
Cuando no haya nada por lo que asombrarse, juguemos a que somos otra vez ese nene o nena que jugaba solo por horas y que se olvidaba del estúpido tiempo. Como dice «Por vivir»:

Siempre algo queda por vivir.

Y si en ese instante pudiste verte feliz y sentirte libre, ya los jodimos a los que dicen que de la alegría nada podemos contar, ¡la pindonga!
Hay mucho por contarnos sobre las pequeñas alegrías que podemos darnos. Por ejemplo, un sábado a la mañana cuando todo parece ser empujado por la jodida inercia, ahí, ahí jugá. Armá tu patio, tu nave espacial con sábanas bajo la mesa, o tu instrumento con ollas y sillas; jugá, que la vida no se trata de madurar, se trata de seguir siendo pibxs.

A mis amigxs, esos con lxs que muchas veces deliramos cuando no tenemos algo con qué volar o entrenar nuestra imaginación, a ellxs: ¡nunca dejemos de jugar! ¡Es gratis y nos hace tanto bien!
¡Vamo arriba!

Marcos Morel

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